Vivir con dignidad para morir sin arrepentimientos
Por: Por: Katty Martinez Rodas
Desde hace poco más de un año paso varios días al mes en una clínica u hospital, tengo a alguien querido enfermo. No es fácil. Los doctores y enfermeras varias veces se han creído en la potestad de juzgar, cuestionar y condenar, como si ellos supieran las historias detrás de nosotros, como si ellos fueran mejores seres humanos solo por estar del otro lado de la enfermedad, la tristeza y el cansancio.
En este tiempo he aprendido a odiar las salas de espera, sentarme (si hay silla) y esperar resultados, que el doctor empiece la consulta que debió iniciar dos horas atrás, que una enfermera nos vea con ojos desdeñosos cuando hacemos preguntas que para ellas quizás sean básicas, o simplemente no ser capaz de hacer más, solo esperar.
En el último año he visto en emergencias más lágrimas que en muchos velorios, he visto gente dormir parada o traer frazadas para pasar la noche esperando que el tomógrafo funcione, he observado gente gritar de dolor o de alegría al recibir un resultado de laboratorio (si es que tienen la suerte de tener el reactivo necesario), he escuchado rezos y súplicas más sinceras que muchas en la iglesia.
Me he dado cuenta que solemos vivir como si fuéramos inmortales y pudiéramos enmendar todas nuestras zurradas al día siguiente. Y no es así, de lo único que podemos estar seguros cuando nacemos, es que moriremos. Así que al menos hago el intento de vivir con dignidad y si muero que sean sin arrepentimientos. Conozco varias personas que sí lo hacen sin necesidad de tener alguien enfermo y la muerte tan presente, ojalá hubiera más gente así.
