Opinión

No es piropo, es acoso.

Por: Katty Martinez Rodas

Hace dos años mientras caminaba con una amiga, pasó una móvil de seguridad ciudadana, y pensé que era lógico porque justo en esa calle las luces de alumbrado público no funcionaban. Pero lejos de cumplir con su deber medio pararon la móvil para silbar y decir lo que se les vino a la mente con respecto a nuestros cuerpos.

Logramos ver el número de la unidad y también vimos la hora para poder dar informe de lo que había pasado. La amiga con la que estuve en ese momento es regidora de la municipalidad, y en la siguiente sesión de concejo en donde expuso el gerente de seguridad ciudadana, ella le hizo saber la falta de sus agentes. Y claro, lo primero que hizo fue dudar de lo que una mujer le dijo, “¿está segura?, ¿escuchó bien?”. No hubo disculpas, ni la voluntad de al menos darles una mejor capacitación a los agentes a su cargo. Es decir, el personal que debería proteger y velar por nuestra seguridad, en realidad viola nuestros derechos como mujeres, y para remate la autoridad (in)competente no hizo nada.

Eso no es una historia aislada, desde niñas nos enseñan a no andar de noche, no usar ropa corta, no estar solas en la calle, pedir a alguien que nos acompañe siempre, incluso nos dicen que son piropos y que debemos agradecer porque se fijan en nosotros, cuando no es más que otro ejemplo de su muestras de poder, porque se creen con la autoridad de poder opinar acerca de nosotras, de cómo caminamos y vestimos. No es piropo, es acoso callejero, una muestra más de la violencia normalizada.

Pedimos permiso para poder movilizarnos en la vía pública, porque aunque “pública”, es de los hombres quienes nos siguen viendo como un ornamento y no como seres humanos con derechos.

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