La calle está dura (crónica)
Por, Milver Avalos Miranda.
En la parte trasera del mercado La Unión, justo en la puerta que desemboca a la inmensa avenida Perú, se ejecutó un operativo de tránsito. Los vehículos de diferentes colores culebrean por la pista de doble carril. Los chóferes son una sarta de infelices a los que solo les queda presionar fuerte el claxon para salir del atolladero. El ruido es ensordecedor. Lo más deprimente es el olor fétido que sale de las bolsas negras de basura.
En esa escena dolorosamente infernal, los inspectores de La Municipalidad Provincial de Trujillo (MPT) y la policía hacen parar a cualquier auto que circula por la autopista. El procedimiento es el mismo y se explica con un profundo bostezo: un agente se acerca al conductor, le solicita documentos de la unidad y brevete. Si el chofer cuenta con los papeles en regla puede seguir serpenteando por la pista con huecos, pero si no, recibe su papeleta y en el peor de los casos es llevado al depósito municipal.
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Un jovencito de diecinueve abriles es el primer perjudicado por el operativo. Él posee la categoría A1, ese brevete solo le alcanza para conducir auto particular, pero por necesidad económica, maneja un taxi de placa de rodaje T3K-193, de la empresa La Libertad.
—¿Tu brevete? —solicita un inspector.
—No tengo —contesta el joven nervioso—. Es mi primera vuelta, jefe.
—Te vamos a llevar al depósito.
El agente un viejo zorro, no se come el cuentazo, porque conoce las mentiras de los conductores para librarse de la multa.
—Hijo, seguro que no tienes tus documentos —dice en un tono de súplica—. Si tú tienes tu brevete enséñame y no te llevamos al depósito.
El adolescente sudando de nervios, dirige su mano derecha a la guantera del vehículo y saca el brevete. Por infringir la norma, será multado con cuatro cientos soles. Según el inspector la sacó barata, en el depósito hubiera pagado más dinero. El joven sigue diciéndose así mismo: «No es mí día de suerte. Me desperté con el pie izquierdo, carajo».
Ese chico que maldice su día, vive en El Porvenir. Tiene una madre enferma de artrosis. Las dolencias de su progenitora lo saca a patadas a trabajar en el taxi alquilado. Por esa mujer de treinta y seis primaveras, sale a las ocho de la mañana y regresa a la diez de la noche. La necesidad económica se apareció por los cerros del Alto Trujillo, descendió hasta llegar al barrio zapatero y se quedó en el horizonte inmediato de la casa del jovencito. A esa desgracia, se suma una papeleta.
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Hoy, el día está triste, el cielo está gris. El celular dice que todo el día estará nublado y recomienda llevar abrigo. Un chofer de cabello al rape reta al clima endiablado, no parece penetrarle el frío húmedo. Está puesto un short Adidas, un polo plomo y unas zapatillas rojas Nike.
Él no tiene tarjeta de circulación. Ha cometido una falta grave. Él lo sabe por eso le suplica al inspector que anule la papeleta. Le explica que el vehículo es de un policía. Se ofrece a llamarlo al dueño para que dé fe de su versión, por si las dudas. Todos sus esfuerzos fueron en vano. El agente no se inmutó y siguió anotando la placa B4N-118 en la papeleta.
—Habla con el policía a ver si te perdona la papeleta —aconseja el agente retirándose de la ventana del auto.
—No sea malo, jefe —suplica el chófer, juntando las dos manos como si estuviera rezando el rosario—. Esta vez perdóname y si otra vez me encuentra incumpliendo la norma, me multa el doble.
—Yo no te intervenido —replica un policía de tránsito—. Yo no puedo hacer nada. La papeleta ya está.
—Sí, me han dicho que lo pueden borrar la multa si usted lo quiere —ruega—. No sea malo. Haga una excepción.
Un agente sonríe de manera cachacienta, su sonrisa es tan amplia que sus dientes blancos resaltan en su rostro quemado por el sol y reventado por el acné. «Te pondré papeleta así el dueño sea policía».
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Raíza Manrique, una agente morena y patilarga, me avisó que irán hacer operativos en la avenida España y me sugirió que hable con su jefe para que me deje ir con ellos. Ella conoce los puntos donde los hombres del volante cometen más infracciones. Por lo que lo oí decir, un vehículo vamos a llevar al depósito. Esa noticia, me hizo babear como un perro antes de roer un hueso.
Subimos a la camioneta Nissan, de placa de rodaje PD-9260. La unidad municipal está un poco destartalada. Las puertas están medias desvencijadas. Demoramos diez minutos en pasar dos semáforos. Ese tiempo es el mejor termómetro para medir el horrible tráfico. La camioneta pick up se estacionó en la avenida, donde pululan las prostitutas callejeras y baratas, a partir de las cinco de la tarde. Sus clientes son tipos borrachos y de malvivir. Ellas son capaces de abrir las puertas del mismo cielo por diez soles o hasta por menos, eso depende de la suerte del consumidor.
Más tardamos en llegar al lugar del operativo que en atrapar un conductor infraganti. El colectivo de placa T4J-263, de la empresa Horizonte Ecológico S.A. Yo soy usuario frecuente de esos colectivos. Todas las mañanas y la noche abordo una unidad, desde la tercera etapa de Manuel Arévalo hasta el Centro Histórico.
—Vamos hasta el terrapuerto —explica Raíza acomodándose en la parte trasera del vehículo.
—¿Dónde de queda eso? —consulta el chófer—. No tengo mucha gasolina señorita. Me puedo quedar a mitad de camino. Apóyeme por esta única vez.
El hombre de lentes de medida y peinado raya al costado, está llamando a un familiar para que le traigan los documentos en un taxi. Raíza lo descubre y le dice alzando dos rayas la voz: «Usted está haciendo tiempo. Si no va ir dígame y yo le detenemos la licencia de conducir». El tipo al escuchar la voz desafiante de la agente, puso primera e inicia abrirse paso en medio de tantos autos circulando despacio por la ciudad.
Ella trabaja de día y estudia de noche, sus ojeras dan fe de ese gran esfuerzo. Su sueño es ser una excelente contadora, ya se encuentra en el último año de carrera. Confiesa que le han ofrecido coimas en más de una oportunidad, pero no aceptó para no manchar su hoja de vida. Ha lidiado con chóferes malcriados. «Un tipo me dijo palabras subidas de tono. Me dijo que había salido de la cárcel y que me iba a repetir de intervenirlo», confiesa, a dos cuadras del depósito municipal.
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Sandro Rodríguez es capaz de contar más de mil historias peligrosas de los agentes. Subo a la moto lineal negra de placa EB1947. Antes de dejar el depósito municipal, con doscientas unidades seminuevas y viejas, le voy realizando preguntas hasta que llegamos a la Concha Acústica.
Le han propuesta coimas de todo calibre. Lo han querido sobornar con diez soles para la gaseosa y unas galletas. La cantidad de dinero depende de la papeleta. Una vez puso una multa de cuatro mil soles y el chófer le ofreció quinientos soles para que lo deje ir. «Yo no acepto coimas, porque me botan de la institución y mi familia se queda sin un pan en la mesa», dice.
Cuenta una historia no muy decente. Despidieron a quince inspectores por corruptos. Un taxista se pasó de lanza, le puso veinte soles en medio de los documentos, la inspectora abrió la mica y se topó con el dinero. El tipo lo acusó de pedirle plata y empezó a grabar con el celular. La mujer asustada, por salvar su pellejo, terminó acusando a otros compañeros. Desde esa fecha, ellos han quedado curados, chófer que les quiere dar los papeles en bloque no lo reciben.
Sandro ha sido amenazado de muerte en más de tres oportunidades. Intervino a un vehículo, al costado del mercado La Hermelinda. El conductor lo escupió y lo insultó, pero las cosas no pasaron a mayores.
—No sabes con quien te has metido. Tienes que ser parador, porque te voy a caer al suelo —le dijo un chófer agresivo.
—Mírame y soy parador —respondió Sandro, quitándose los lentes de sol y el casco.
La segunda vez, él estaba interviniendo a una unidad en la esquina del mercado Mayorista. Tres tipos con pistolas en mano, bajaron de un taxi y preguntaron por un agente que había guardado el vehículo de un delincuente al depósito. Sandro muerto de miedo saludo a los tipos armados.
—Habla, soli ¿Qué pasó? —interroga Sandro.
—Ando buscando a tal persona —respondieron a una sola voz los tres sujetos.
—Ya no está en la institución —responde cruzando los brazos—. Lo han botado por ratero, lo descubrieron robando y lo expulsaron del trabajo.
Los tipos de malvivir se marcharon. Sandro se quedó temblando de miedo, su rostro moreno se puso blanco. Se sentó de cuclillas en la vereda y se puso a llorar. Por su mente pasó la loca idea de morir algún día baleado a quemar ropa, por equivocación.
La impunidad va ganando terreno en las calles trujillanas. Los delincuentes con un revólver en mano se salen con la suya. Un inspector, sube a un auto para llevarlo al depósito. El conductor sacó la pista, lo puso entre sus piernas y le dijo: «A dónde vamos». El hombre le tiró los papeles del vehículo en la cara del sujeto armado. Por hacer respetar la ley, se iba a ganar un plomazo en la cabeza.
Los inspectores se arriesgan a ser secuestrados. Una inspectora se subió a un vehículo rumbo al depósito, pero el conductor tomó otra dirección. El auto se internó por una ruta alterna y se detuvo en el barrio: Buenos Aires. El sujeto y otros tipos del barrio le jalaron los pelos a la mujer. Los vecinos salieron en defensa de la inspectora, de lo contrario no vivía para contarla. Otros chóferes toman la carretera Industrial y los botan a los de uniforme de negro por las cañas de azúcar. «Yo conozco doce casos de secuestro», sentencia Sandro.
Sandro me cuenta la última historia chistosa. Un joven fue intervenido por el colegio República de Panamá, no quiso entregar documentos. El inspector sube y le ordena que se dirija al depósito, el chico no hace caso la orden y serpentea por la avenida España. El inspector que lo seguía en la moto pidió ayuda a la policía. Dos agentes intervienen al vehículo, suben y vuelen a dar la orden. El chiquillo siguió dándose a la fuga, a la altura de los bomberos un policía solicitó ayuda a la radio patrulla. Dos cuadras más arriba fueron interceptadas por dos patrullas. La madre llega a la comisaria y los documentos estaban en la guantera. «Se puso nervioso el joven», sonríe Sandro.



