Jaime Guardia y el canto andino
Por: Danilo Sánchez Lihón
Ha dejado de latir, pero no de existir, hoy 16 de julio del año 2018, Jaime Guardia Neyra, el maestro del charango, quien naciera el 10 de febrero del año 1933 en Pauza, Ayacucho. Quien reivindicó el charango, ese instrumento pequeño que le bastó para acompañar una canción, para interpretar una misa como para dar todo un concierto. Quien llenó al charango de hondo sentimiento, de poder y de claridad de voz.
Quien hizo que el charango fuera agua cristalina que brota generosa entre el ichu de los pajonales; quien le diera notas que alcanzan a encender el fuego propicio que encarna la vida en todo lo que tiene pálpito y aliento, aún entre ventiscas, tormentas y tempestades. Quien logró que el charango fuera tierra fecunda, corazón que ama y se desvive. Quien hizo que el charango fuera viento que renueva los anhelos más sentidos del pueblo sufrido.
Jaime Guardia desde entonces representa para siempre la música andina llena de emociones ignotas, como de quejas y proclamas de redención para subsanar lo que está herido; música que no le concede nada al mercado; que no se vende; que no daña ni adultera lo que siempre debe permanecer puro y prístino; música que se mantiene en ese reducto glorioso de la dignidad y la resistencia andina; que tiene siglos de heroicidad en el día a día, haciendo frente a la expoliación y el acoso del sistema desalmado y deshumanizante.
Con su charango Jaime Guardia se queda aquí para siempre, encumbrando la vida sencilla, esta vida natural entre tanto milagro extendido por uno y otro confín del universo; que se convierte en manante, en río y en manantial; que se torna en camino; en senderos y arboledas; en casas en donde adentro la vida brota y se cocina el yantar; donde el pulsar de sus dedos sobre las cuerdas crea paisajes, arreboles y amaneceres, como en donde se hace y se deshace el destino de la gente que camina.
Jaime Guardia representa, porque él no ha muerto, porque él está vivo, porque él se queda aquí para siempre entre nosotros; la música victoriosa de nuestros andes irredentos. Representa la fortaleza de nuestro espíritu, amparada por nuestros apus que él ha sabido encarnarlos; muestra de valor de nuestras montañas tutelares. Y de quien, del arpegio de sus notas y de su canto andino, que se irá haciendo cada vez más fuerte y más nítido, más claro y sublevante, surgirán los andenes nuevos que es nuestra tarea, inspirados por él, hacer florecer aquí y sobre toda la faz de la tierra.
