Historia de un dolor de muela
(Un cuento breve sobre las lecciones del dolor)
Por: Por José Espinola
A TODOS LES PUEDE HABER PASADO: en algún momento de su vida han tenido que experimentar un dolor, siendo uno de los más promocionados, el dolor de muela. Esta vez les contaré una historia sobre esos sucesos, acompañado de algunas reflexiones.
Considero que el dolor de muela es uno de los mayores golpes al estado emocional. Decía el profesor Barbosa que el dolor de muela es el mejor momento para comprobar que un dolor fuerte puede aplastar otro dolor más débil. Y que él, pudo superar el dolor que le causó la muerte de su esposa, recurriendo a la estrategia de solicitar que le saquen la muela, sin anestesia. El dolor de muela mató todos sus dolores.
Cuando me tocó tener el bendito dolor de muela, no tenía ningún dolor menor que aplacar, salvo la ausencia del amor femenino. Y desde luego, ello no era cosa menor para mí, pero tampoco era un dolor. Sin embargo, debido a lo dicho tuve que faltar al trabajo y dejé de divertirme haciendo lo que hago. Entonces me di cuenta que el profesor Barbosa se quedó cortó al afirmar que el dolor de muela puede matar otro dolor, pues también, he comprobado que puede quitarnos tiempo de vida y felicidad.
Camino al odontólogo ensayé dos paliativos mentales: uno, recodar el mensaje que los romanos le daban a los vencedores militares. Dos, recordar un momento de mi niñez. ¿Cuál me ayudó más? Ahora les cuento.
En la vieja Roma, después de una gran victoria militar, los generales de guerra solían encabezar una ceremonia de reconocimiento que duraba un día entero, los líderes de guerra eran paseados en carruajes muy bien decorados, tirados cada uno, por cuatro hermosos caballos pura sangre. Era el momento de reconocimiento, gloria, honor y prestigio: ¿Qué más se podía pedir? Sin embargo, al tiempo que el pueblo idealizaba al guerrero colocándolo como un super hombre divino había un detalle del que casi nadie se percataba: detrás del guerrero y subido en su mismo vehículo se escondía, a propósito, un esclavo. La única función de este segundo pasajero era pronunciar: ¡Mira atrás! ¡Recuerda que solo eres un humano! ¡En algún momento morirás!
Entonces pensaba que el dolor de muela, cumplía en mí la función de aquel prisionero de guerra, que en este caso quería recordarme: ¡qué el dolor puede llegar en cualquier momento¡ Saqué una lección de esta reflexión.
Para matizar la cosa, ensayé la segunda estrategia: recordé que cuando era niño, me arranqué solo y por primera vez una muela; para lo cual tuve la idea de amarrarla con un hilo que sujeté en la manija de la puerta de mi habitación. Era un momento crucial. Era el dolor o yo. Ese momento me dejó otra gran lección: el dolor te enseña a valorar los momentos de paz y felicidad. Así que ahora todo un adulto, mi dolor de muela se encargaba de recordarme lo dichoso que debo ser por los momentos de paz y tranquilidad que paso, frente a mucho dolor que otras personas pueden estar pasando. Y es más, sentía que tenía que ser más agradecido con la vida por los privilegios que gozaba, aunque no son muchos desde luego.
En fin, hasta el dolor más simple puede dejar una lección, siempre y cuando tengamos la disposición de aprender. Cada cosa que nos pasa es una lección. La belleza de la vida está en valorar los detalles. Fin del cuento.

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