Rota

Escrito por: Katty Martínez/ Fotos: Jimena Alvarez
No sé escribir de mis alegrías, de esos detalles de luz a través de las hojas en un parque, o de la risa franca de mis sobrinos en casa. En cambio puedo narrar mis tristezas, cómo lágrima a lágrima me he repuesto de todo lo que me aqueja, puedo contar por ejemplo que cuando me di cuenta que mi enamorado me dio el primer golpe, supe de inmediato, que sería una lucha cuerpo a cuerpo, que no me quedaría paralizada, presa del terror como muchas veces pensé que podría suceder.
Antes había escuchado que había golpeado a una chica, su ex, y por lo que sabía ella tenía un carácter de temer, era fuerte e inteligente, y nadie se explicaba cómo es que ella se había dejado golpear por un cobarde como él. La explicación, que él me dio y en la que elegí creer fue que la mayor prueba que no había pasado ninguno de los rumores que corrían como pólvora en el medio periodístico, era que no era cierto. “Tú crees que ella no haría nada contra mí, si fuera cierto que le pegué, ya estaría en la cárcel de ser así”. Y mi cabecita repetía como loro lo mismo. Claro, una mujer como ella no hubiera dejado que eso pase y que él siga tan campante. Me equivoqué.
Cuando me di cuenta que me había engañado, lo encaré. Su primer golpe me dio muy cerca de la sien, y me desorientó un poco, podía ver como las luces a mi alrededor tilillaban un poco y perdía el enfoque de las cosas de mi alrededor. Pero peleona, herida en mi orgullo, le grité “pégame otra vez si te atreves, maricón, yo no soy Marce”. Él no entendió lo retórico de mi provocación, ni yo la estupidez de mi furia, y me golpeó en el rostro hasta romperme la nariz. Me agazapé en la esquina de una pared para proteger mi rostro, y me pateó en el estómago. Grité como posesa para que alguien, por favor, me ayude, que alguien se interpusiera entre su fuerza bruta y mi cuerpo maltrecho.
Nadie llegó. No hubo héroes esa noche. Y aún así en un atisbo de luz en mi conciencia, lo cogí de los testículos y se los retorcí lo más fuerte que pude, se lo jalé tan fuerte que yo misma tuve miedo de “causarle algún daño irreparable” e ir yo a la cárcel, tal cual está el sistema de justicia en este país, eso podría no ser una idea tan descabellada. Logré mi cometido, me soltó y pude escapar. Rota, no sólo físicamente, sino en todo.
Mi alma no había viajado al Nirvana para protegerse de ese espectáculo y regresar entera a mí cuando todo hubo pasado, nada que ver, se quedó conmigo todo el momento y sufrió conmigo cada golpe, cada patada, cada lágrima. Llegué a casa en un taxi que me ayudó a parar una puta, sé que lo era porque cuando me vió me dijo que a esos clientes su caficho-novio les mandaba romper las costillas, mi celular se había apagado a las justas pude advertirle a mamá que llegaría en mal estado, que saque a mis sobrinos de la sala por si estaban cerca, porque no quería que vean a su tía en ese estado.
Mamá salió a recibirme con una expresión que nunca olvidaré y me perseguirá en mis sueños toda mi vida, estaba ella con una pijama de rositas, medias moradas de peluche y su cabello revuelto. Lo peor fue ver en sus ojos el terror que yo había querido mantener a raya mientras estaba en el taxi. No me abrazó, me llevó al baño y me dejó allí para que me enjuagara la sangre de la cara, mientras ella en dos minutos se cambió, avisó a mis hermanas mayores que me llevaría de emergencia al hospital y que por favor se hagan cargo de la casa. Es increíble la mente humana, porque mareada por el dolor como estaba, aún así tuve cabeza para pensar en cuánto me saldría la gracia, y si me alcanzaría con mis ahorros, porque yo no tenía seguro, y mamá no tenía plata, y hacer que ella se endeudara por mi culpa, sería el último golpe para morirme en vida.
Llegamos al hospital y mientras que el vigilante de emergencias le preguntaba a todos cuál era su emergencia y por qué querían pasar, en mi caso fue obvio y sólo me dejaron pasar sin hacer preguntas. Edad, 26 años. Sexo, femenino. Diferentes contusiones en el cuerpo. Posible ruptura de nariz, vaya a rayos X. Mientras me ponían entre dos tablas de acero, seguían mis lágrimas cayendo, sentía como los moretones iban hinchando y mi autoestima desvaneciéndose. Párese bonito, decía la técnica, o no le haré la radiografía y la mando a su casa como está. Tuve ganas de decirle que se vaya al mismo infierno, que ella acompañaba en sus peores momentos a personas con miedo, personas que han perdido algo, personas abatidas, y que su trato de mierda no ayudaba en nada. Pero no le dije nada sólo la miré con el asco que me merecía sus palabras, y ella se dio cuenta que era peligroso decirme algo más. O eso quiero creer.
Finalmente, mis moretones, hinchazones, cuatro fisuras y ruptura de tabique, nos fuimos a casa. Mamá me miraba con pena y con cólera. Hijita cómo se te ocurre salir a tomar el taxi sola, esos hombres querían matarte, ay Katty mírate cómo te dejaron, decía. Yo no había tenido corazón para decirle que un hombre con el que mantenía una relación me había golpeado, en su lugar dije que dos borrachos de la calle quisieron asaltarme y al no encontrar nada de valor decidieron pegarme. Llegué a casa muerta de cansancio, mi mente se adormece cuando me deprimo, soñolienta, sedada como estaba, sólo quería llegar a mi cama, ya no podía ni llorar porque la hinchazón habían empequeñecido mis ojos, y me ardía llorar, me ardía todo mi cuerpo, no quise cambiarme la ropa porque no quería que nada topara las hinchazones, y me eché como pude en mi cama, pidiéndole a Dios que en mi sueños me ilumine, que me de sabiduría y fuerza para saber cómo “arreglar” mi situación.
Dormí sin interrupciones tres horas, cuando abrí mis ojos y vi a través de mis cortinas la luz del día, quise creer que sólo había sido un sueño, una pesadilla terrible producto de mi imaginación. Mis moretones en varias partes de mi cuerpo me recordaron qué había pasado y me devolvieron de nuevo a la realidad. Me levanté y me desnudé con mucha paciencia para ver la totalidad del desastre. Creo que mis ojos, ya grandes, nunca se había abierto tanto de la impresión. Era una mujer golpeada, maldita sea, pasé para siempre a engrosar el índice de víctimas de violencia física contra la mujer. Maldito sea, mil veces cobarde, hijo de mil putas.
Escrito por: Katty Martínez/ Fotos: Jimena Alvarez
 

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