Los penitentes rojos del Jueves Santo en Calipuy

Los penitentes rojos del jueves santo en Cali.

(Garabatos de remembranzas solo para Calipuyanos).

Por: Jaime Velásquez Cortez

El penitente es un personaje tradicional e infaltable en la Semana santa de mi añorado Calipuy. Desde el Domingo de Ramos, hasta el sábado de gloria, éste pueblo perteneciente a la provincia de Santiago de Chuco en la Libertad, lo vive con sus propias tradiciones y costumbres, cada día de la Semana Santa es digno de una y mil historias.

En estas fechas, el olor de las velas y los sirios encendidos, las palmas y los olivos, el aroma y dulzura del cafecito de Castilla y su tradicional tajada, se amalgaman a los cánticos de los rezadores bien al «bolo», al sonido de los impactos de los panes de boda en las distraídas cabezas en plena misa, al inconfundible sonido de la matraca, del wicho, del tuto con saúco, y por supuesto, al centellante estruendo del látigo del penitente que hace eco en las lajas de Sagar y ponen nervioso hasta al propio cerro Camish; estas son algunas características de la semana santa en este pequeño pero muy creyente pueblo de agricultores y ganaderos, devotos del Señor de la Columna, de la Virgen Santa Catalina de Alejandría y de su propia tierra.

Se podría decir, que tanto en sus fiestas patronales de noviembre, como en Semana Santa, Calipuy es un festival de tradiciones y costumbres, en realidad nunca nadie supo decirme el origen de tantas costumbres, algunos viejos del pueblo contaba que los hacendados trajeron familias enteras con distintos oficios de varios lugares para trabajar en la hacienda de los Ganoza, es lógico deducir que cada familia trajo consigo sus costumbres, después la reforma agraria acabó con los hacendados, luego vendría la cooperativa, pero esa es otra historia, lo cierto, es que a pesar del tiempo y la distancia, hoy lejos de mi cuna, pareciera que ayer nomas, viví lo que hoy escribo.

Mayormente, los penitentes son muchachos del pueblo que envueltos en sábanas blancas y látigo en mano, asolan las calles los jueves y viernes santo, este tradicional personaje que impone el orden en las nocturnas procesiones, también es temido, sobre todo por los niños, jóvenes y no tan jóvenes del pueblo, más de uno ha recibido verdaderos azotes con látigos de cuero de vaca o de penca, trenzado o torcida, cuya punta o pita, de cabuya o ´pajarrafia´, al contacto violento con el suelo o el aire mismo, emiten sonidos que desafían a los propios truenos, con candelita y todo.

Los penitentes suelen protagonizar verdaderas batallas a punta de latigazos, por cualquier motivo. Por ejemplo, los del Barrio Alto se enfrentan a los del Barrio Bajo por la plaza de Armas, algunas riñas entre los muchachos también se suelen ajustar a «surcada» limpia como penitentes, muy a menudo se escucha a los espectadores tratar de identificar a alguno por la fisonomía, en este sentido haré mención a un tal Mayoraso, Calipuyano recio y fiero, cuya talla fácilmente lo delata; «Allá va Mayoraso» soliamos decir los niños, no recuerdo su nombre, solo lo llamaban así en el pueblo, pocos, lo han desafiado en alguna riña, era un típico malévo, que despertaba cierta atención en los niños de mi época, incontables veces lo vi tomado frente a casa, ya sea un Calientito o Pirigalla (tragos típico del pueblo), casi siempre llevaba consigo una foto de cuando sirvió en la fuerza Aérea. Mayoraso fue asesinado en los noventa, algunos dicen que lo mataron por delincuente los del MRTA, otro que fue sendero, lo que si es cierto que no les fue fácil, algunos testigos cuentan que un día se salvó de la muerte huyendo de una de sus tantas persecuciones, dicen los que lo vieron saliendo del pueblo corriendo en zig zag mientras lo perseguían a balazos, una gringa con ropa militar le disparaba desde Zagar con un fusil muy poderoso, los disparos resonaban desde el Camish hasta el Toril, pero Mayoraso escapó rumbo a Urpimarca, mientras la gringa se volvía roja de bronca maldiciendo en su básico castellano, el Camish se regocijaba viendo como su recio cholo se escurría entre las garras de la muerte.

Don Lutgardo, un conocido calipuyano siempre pensó que su tierra es su alma, a pesar de los tiempos difíciles, las sequías, las heladas, la violencia interna que vivió el Perú los años 80 y 90, Y mientras muchos abandonaron su terruño buscando nuevos horizontes, don Lutgardo aseguraba que moriría junto al Gran Camish, «muerto y no corrido carajo» es una frase que aún hoy suele pronunciar a flor de su pecho ya golpeado por los años, pero firmé como el gran cerro testigo de su existencia. Resulta que don Lutgardo, hombre de mil oficios y muy respetado en su pueblo, también tiene un particular sentido del humor, y hace muchas semanas santas, cuando el pueblo aún se alumbraba con lamparin o vela, decidió divertirse a costas de los temibles penitentes.

Se decía que cierta señora solterona y muy creyente del pueblo, mientras derrocha cánticos y ave marías al por mayor en semana santa, había visto como ganarse uno intis, alquilado sus sabanas a los muchachos que hacían fila en su casa, Don Lutgardo que tantos años solía mirar el desfile y shows de los penitentes, desde el balcon de su casa a menos de cien metros de la iglesia, solo él sabe desde cuando venía planificando su chanza pero muchos supimos cuando lo puso en práctica.

Era la noche del jueves santo, todos los habitantes del pueblo y caseríos aledaños, al llamado de las campanas, se encaminaban a la iglesia para participar de la misa, antes de la procesión del cristo crucificado, el cargador y sus ayudantes vestidos de blanco y con los pies descalzos ya esperaban en la iglesia, los muchachitos y jovencitas junto a de sus padres avanzaban por las calles de tierra, mirando a todos lados cuidándose que los penitentes no se les acerquen, las señoras, bien al rebozo o pañolón y con velas blancas entre sus manos, previa persignación, ingresaban a la iglesia, poco a poco lo temibles penitentes se apoderaban de las calles, los latigazos como disparos de arma de fuego, hacían eco tanto en la iglesia y calles, como en el gran cerro, don Lutgardo está vez no estaba en su balcón, desde una ventana y a oscuras, veía como la tenue luna reflejaba en las blancas figuras dueñas de la calle, entones, con la puntería que suelen tener los hombres del campo comenzó a lanzar su carnavalada.

¡Alalay carajo! _ Se escuchó decir a un penitente desconcertado mirando a todos lados.

Cho…Es agua con Añilina_ dijo otro.

Los proyectiles de color caían con precisión, en la espalda, en la cabeza dónde sea, parecía que don Lutgarddo hubiera tenido cuatro manos esa noche.

Cuidao cuidado – decían otros penitentes mientras corrían para ponerse a salvó de los globazos, los acompañaban las risas de algunos pobladores que estaban en las graderías y las afueras de la iglesia, pues la noticia rápidamente había entrado a la iglesia sin persinarse y muchos salieron a ver que sucedía afuera. Fueron uno, dos, Tres, cuatro…. No lo sé, pero fueron varios los teñidos, muchos de ellos se retiraron a cambiarse de ropa seguramente, pues las temperaturas en esa época son muy frías.

Llegó el viernes santo, el pueblo hablando entre carcajadas de los penitentes, pintados, esperaba la noche que traería la bajada de cristo, la procesión del ataúd, el «carga palo» y mucho más. Ese día saliendo de Cali y camino a Sincas, vi a don Lutgardo reírse muy jocosamente mientras miraba a una señora lavando sabanas en santa Mónica, algunas ya estaban tendidas al sol, pero aún podían verse las manchas rojas, como el color que no podía quitar de mis manos.

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