Ella va (con furia) en bici

Por: Katty Martinez Rodas

 “La calle es para los hombres”, decía mi abuela a sus hijos e hijas, y más de 60 años después esto aún no cambia, la calle sigue siendo de los hombres, de los machos pelo en pecho, de los más fuertes, de los que ostentan el poder.  Para transitar en las calles de Trujillo, nuestra hermosa y caótica ciudad, se necesita de mucha valentía si eres mujer y no sabes si llegarás viva o entera, literalmente,  a casa o a donde tengas que ir.

Pensando en esto, analicé mis opciones de transporte. ¿Tomar un taxi? El pasado 1 de julio mientras estaba en un “taxi de empresa” este se desvió de la ruta mientras me insultaba y  no dejaba que baje, salí por la ventana, ilesa,  gracias a que otros delincuentes disputaban el territorio.

¿Ir en micro o en combi? Casi toda mi época universitaria he preferido movilizarme a pie, felizmente mi casa estaba cerca de la universidad, pero las veces en que he tenido que usar el transporte público, y viajar en micros como sardina enlatada, en combis casi en cuclillas, en colectivos tratando de entrar 6 personas en asientos para cuatro, he bajado molesta porque el conductor hablaba por celular y manejaba a la vez, indignada porque los cobradores no respetan el medio pasaje, agredida porque me han manoseado o me han robado, fastidiada porque ni los peatones ni los conductores usan los esquinas o paraderos, y totalmente asqueada porque es algo “normal” del día a día.

Pensaba que no tenía opciones, que si quería movilizarme tenía que ser parte del sistema, arrastrada a toda la mar de congestión vial que existe y de la que siempre nos quejamos, ser una más del montón. Pero un recuerdo feliz de mi niñez me devolvió la esperanza: montar bicicleta. La bicicleta ha sido relegada por mucho tiempo a solo los paseos domingueros, para un momento de ocio, entretenimiento, o, en el mejor de los casos, para hacer deporte. Pocas personas, casi ninguna  institución pública o privada, ven a la bici como la solución al transporte público. Pero yo sí.

La primera vez que subí a mi bici para ir de mi casa al centro me dio algo de temor, porque no tenemos una adecuada educación vial, ni los conductores ni peatones, no existe la infraestructura adecuada para los ciclistas (la municipalidad se han burlado sin descaro alguno de todos los ciclistas al anunciar una “ciclovía” en la Prolongación Vallejo e inaugurar una mejora de veredas), no tenemos seguro de accidentes, y un largo etcétera en políticas públicas inclusivas.

Sin embargo, también tuve un subidón de energía, no sólo pude escoger la ruta que para mí era la más segura y rápida, sino que también pude disponer bajos mis propios términos de mi tiempo. Me sentí feliz, empoderada, libre. Y  sentirme libre en una sociedad que todos los días nos mata por ser mujeres, que desde pequeñas nos enseña a mantenernos quietas, que me acosa y ve solo en mí un producto más de canje, sentirme libre en un día normal, poder hacer ejercicio mientras me movilizo, transportarme sin contaminar, ir de un lado a otro ahorrando mi pasaje, reivindicar mi derecho a usar/estar/ocupar la calle,  ser mujer y libre, eso lo es todo.

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