Bolognesi, deberes sagrados y la corrupción

jura de la bandera [540 x 480]

Por: Wilson Aranda Roncal

Al conjuro de las espartanas palabras: “Tengo deberes sagrados, y los cumpliré peleando hasta quemar el último cartucho”, este 7 de junio conmemoramos un aniversario más de la batalla de Arica y la solemne ceremonia de la Jura de la Bandera.

El presente artículo no busca ahondar ni extenderse sobre los hechos históricos ya conocidos: la desventaja numérica de nuestras tropas, la precariedad de su armamento, el resultado del combate, pero ante todo, el heroísmo del soldado peruano frente al invasor chileno; la reflexión va más allá.

En una época en donde la criminalidad organizada ha penetrado las más altas esferas del Estado, en donde los índices delincuenciales crecen sin hallar freno en las instituciones y autoridades que deben ser el paladión del orden público y de la justicia, en donde el cohecho y el soborno son moneda corriente para conseguir cualquier prebenda, es ahí en donde debe encontrarse la dimensión actual de la frase salida de los labios del héroe epónimo del Morro.

Todo ciudadano, sea militar, policía o civil tiene el deber sagrado de servir a la sociedad en forma honesta y con su trabajo honrado. Es lamentable asistir a casos escandalosos de exjefes de Estado juzgados por corrupción, seguidos por una retahíla de altos funcionarios que en su oportunidad fueron sus cómplices.

Se comprende la indignación que suscita en la comunidad el tráfico de la justicia que hacen los jueces y fiscales venales. Los griegos representaban a Temis con los ojos vendados, pues era la alegoría que significaba que los veredictos eran imparciales. Hoy, los fallos pueden ser torcidos a voluntad si en la balanza de la diosa se coloca oro y plata.

La Policía Nacional, otrora respetada institución, no es inmune a esta realidad. Ya no causa admiración que algunos de sus integrantes, sean oficiales o suboficiales, ahora incluso cadetes, pertenezcan a organizaciones del hampa o actúen por cuenta propia cruzando el margen de la legalidad. La facilidad para arreglar atestados, para no imponer infracciones de tránsito cuando merecidas están, la falta de respeto por el uniforme cuando se bebe licor en cualquier antro, todo eso ha mellado la imagen de la institución y de sus miembros.

Es inaudito ver cómo ante una intervención de los custodios del orden a una persona, ésta se pone a discutir e incluso llega a agredir a los agentes de la ley. Lo peor es que al final no hay sanción y eso sirve de acicate a otros para seguir el mismo camino. Nuestro país vive un estado de anomia peligroso.

En el caso de las Fuerzas Armadas, al igual que en la Policía hay mandos generales, superiores y subalternos que hacen tábula rasa de las más excelsas virtudes que un militar debe tener, y del legado de tantos paladines que forjaron gloriosas páginas de nuestra historia. Recientes están los negociados de la cúpula militar durante la época del expresidente Alberto Fujimori. Más próximo en el tiempo, denuncias por robo de combustible y otros actos deleznables.

“Si roban los de arriba, tienen derecho a robar los de abajo”, “Que robe, pero que haga obra”, “Roba el grande, roba el chico”, son frases que muchas veces hemos escuchado en el común de la gente como algo ya normalmente aceptado.

La clase política peruana es un reflejo del actual estado de cosas y de la descomposición moral que ha anquilosado a nuestra sociedad. El gran ensayista Manuel González Prada forjó una frase pétrea hace más de una centuria: “El Perú es un organismo enfermo: donde se aplica el dedo brota pus”, de esa manera desnudaba la miseria y pobreza de valores éticos en los estamentos ciudadanos de su tiempo.

Esas palabras, siguen vigentes hoy en día. Pero también están las del insigne patrono del Ejército, con las que he iniciado este artículo. El coronel Francisco Bolognesi es un ejemplo para todos los peruanos, no solamente para los militares. El deber sagrado que cada ciudadano debe cumplir, es actuar transparentemente en cualquier puesto en donde nos encontremos, rechazando la corrupción que es uno de los principales lastres que impide nuestro desarrollo. Creo que todos somos soldados de la gran patria peruana, pues luchamos porque nuestro país sea una tierra de promisión. Si bien en todas las instituciones encontraremos corruptos, no es menos cierto que hallaremos personas que no mancharán su honor. Ellos son quienes hacen patria.

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